martes, 25 de febrero de 2020


Los Xocoyoles

Por este nombre son conocidos, según una leyenda náhualt en México, los niños que mueren en el parto. Según la leyenda, a estos niños le salían alas y eran los encargados de regar las tierras a cantaros desde las montañas, así como de crear los truenos y relámpagos.
Se dan distintas versiones de la leyenda y encada una de ellas, estos niños tienen una tarea distinta, pero en todas son tareas beneficiosas para los hombres. En una de ellas, por ejemplo se cuenta que había un hombre que no creía en la existencia de los Xocoyoles. Este hombre un día salió de su casa con el propósito de recoger leña y encontró en el bosque un  niño con alas que tenía un pie enredado en una cuerda. El niño le pide ayuda prometiéndole que le proporcionará toda la leña de un árbol grande. El hombre le ayuda y el niño le dice que ya puede volver a su hogar. Y efectivamente, cuando el hombre regresa, encuentra a la puerta de la casa, amontonada, la leña prometida.

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miércoles, 19 de febrero de 2020


Aca Larentia

Una leyenda dice que Hércules le ganó al guardián de su templo la mujer más bella de Roma; y que ésta era Aca Larentia. Una vez que la poseyó, Hércules aconsejó a la mujer que se marchara con el primer hombre que encontrase. Este hombre fue Tarucio, un etrusco rico con el cual se casó. Cuando su marido murió, Aca Larentia heredó su enorme fortuna y la legó al pueblo, desapareciendo sin dejar rastro.
Otra leyenda identifica a Aca Larentia con la esposa de Fáustulo, el pastor que recogió a Rómuno y Remo, salvando sus vidas. Se cuenta de ella que tuvo doce hijos, que murió uno de ellos y que su lugar lo ocupó Rómulo.
También se dice que Aca Larentia era la loba que amamantó a Rómulo y  Remo.

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viernes, 14 de febrero de 2020


Donagha y Vauria

Se trata de un matrimonio que, según cuenta la tradición celta, vivía en perenne desacuerdo a causa de su carácter. Donogha, el marido era tranquilo y perezoso; Vauria, la mujer, era, por el contrario, diligente y activa. Un día estaba Donogha en el bosque recogiendo leña para el fuego y, después de hacer un haz, se sentó sobre él y empezó a lamentarse por el carácter gruñón de su mujer. Entonces se  le apareció un duende y le prometió que le concedería dos deseos, pero que se los pensara bien, antes de pedirlos.
Donogha  cargó con el haz de leña y, como se cansaba con el peso, sin pensarlo, exclamó: “¡Ya podría este haz de leña transportarme a mí, en lugar de transportarlo yo!”. Al momento, unas ramas se convirtieron en patas, que empezaron a caminar y Donogha se vio montado sobre el haz.
De vuelta a casa, Donogha contó a su mujer lo sucedido y le dijo que todavía tenía un deseo por pedir. Ésta recriminó a su marido el haber desaprovechado uno de los dos deseos y le llamó bobo y otros insultos, que Donogha no pudo ni quiso aguantar. Agotada su paciencia, exclamó: “!Ojalá que nos separara toda la extensión de Irlanda!”. En ese momento, su esposa y su cabaña aparecieron en el otro extremo del país y nunca más volvieron a encontrarse.

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domingo, 9 de febrero de 2020

Ra

En la mitología egipcia, Ra es el dios del Sol, el responsable del ciclo de la vida. Se le representa con cuerpo de hombre y cabeza de halcón. Ra nació de un huevo que surgió del interior de la penumbra primitiva. Podía transformarse en lo que quisiera y prefería hacerlo en forma de pájaro. Tenía tal poder que las cosas existían sólo con nombrarlas. Creó el sol, nombró a Shu y se hicieron los vientos, nombró a Tefnut y llegó la lluvia, nombró a Geg y se formó la tierra y para que le hiciera compañía nombró a la diosa Nut.
Más tarde nombró a Hapi y nació el río Nilo. Fue nombrando todas las cosas y se fueron creando, Por último, nombró a los hombre y mujeres. Después, él mismo tomó la forma de hombre y fue el primer faraón de Egipto, gobernándolo durante miles de años.
Pero, como hombre que era empezó a envejecer y sus súbditos le perdieron el respeto. Entonces Ra, convocó a los doses que había creado y les pidió consejo. Los dioses le aconsejaron que destruyera a los hombres. Entonces Ra, creó a su hija Sekhmet en forma de leona sanguinaria y cruel, para que persiguiera y asesinara a los  humanos. Todos los egipcios corrían a esconderse y el pueblo entero se encontraba sumido en el espanto y el dolor.
Ra tuvo entonces compasión de los hombres y quiso dulcificar a su hija. Para engañarla hizo mezclar grandes cantidades de ámbar con cerveza y la mezcla, a la luz de la luna tomó el color de la sangre. Cuando Sekmhmet vio la mezcla, creyó que era sangre y la bebió con fruición hasta la embriaguez y no pudo seguir matando. Ra cambió el nombre de su hija por el de Hathor, convirtiéndose en la diosa del amor y de la dulzura.
Ra era muy anciano pero sabía que su poder estaba en su nombre secreto y que nadie que no conociera su nombre podría arrebatarle el gobierno de Egipto. La diosa Isis, que era la más sabia se propuso descubrir el nombre secreto de Ra y empezó a seguirlo a escondidas. Un día vio que Ra babeaba y que una gota cayó al suelo. Isis cogió el barro y modeló una serpiente., puso la serpiente en el camino por donde paseaba Ra y la serpiente le mordió. Ra gritó de dolor y los dioses acudieron a su encuentro. El dolor que sentía Ra era insoportable. Isis se le acercó y le prometió que sólo sus poderes mágicos le calmaría el dolor si a cambio él le decía su nombre secreto. Ra hizo jurar a Isis que no lo diría a ningún dios ni a hombre alguno, que lo pasara a su hijo Horus y que éste, a su vez lo pasara a su descendiente, y así de generación en generación, y siempre en secreto.
Isis juró y el dolor desapareció del cuerpo de Ra. Ra no gobernó más y volvió al cielo, donde pasea siguiendo el camino del Sol.

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lunes, 3 de febrero de 2020


Los Aluxe

En la tradición maya se cuenta que los antiguos pobladores creaban con barro unos “hombrecillos”, de apenas dos palmos de estatura, sobre los que derramaban algunas gotas de sangre, y a los que colocaban escondidos junto a los sembrados de maíz, con la finalidad de que cuidaran de estos sembrados. Según cuentan las leyendas, estos duendecillos custodiaban las cosechas contra los animales y los ladrones, tirándoles piedras si pretendían entrar.
Cuando moría el agricultor que los había credo, los Aluxe quedaban al servicio del Señor de Maíz. Y cuando la propiedad que custodiaban cambiaba de dueño, éste debía de ganarse la benevolencia de los pequeños “hombrecillos”, ofreciéndoles comidas y oraciones. De lo contrario se exponían a ser víctimas de sus maldades en forma de apedreamientos, de no dejarles dormir, de maltrato a sus animales o de asustar a sus niños.
Como estos seres viven cientos de años, cada vez que la propiedad cambiaba de dueño, se había de repetir el mismo rito, intentando ganarse el favor de estos duendecillos.

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